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Viktor Frankl - El hombre en busca de sentido(Herder, 2009)
El libro más conocido de Viktor Frankl aúna una serie de peculiaridades que, en cierto modo, podrían ser predecibles. Partiendo de la supervivencia de Frankl en Auschwitz el propósito declarado del autor con el libro es el de describir su experiencia desde la óptica para la que se sentía capacitado, la de psiquiatra, y así comprender psicológicamente lo que realmente había sucedido allí. Para cuando quedó internado en Auschwitz Frankl se encontraba humana y profesionalmente en una época en la que había alcanzado su madurez personal (treinta y siete años). Tenía una vida que cabría calificarla de “encarrilada”, tanto en lo afectivo como en lo profesional. Este dato resulta muy significativo porque, sin duda, le sirvió a Frankl para poder sobrellevar de mejor manera las atrocidades que tuvo que presenciar al tiempo que supo mantener un cierto distanciamiento que le permitió mantener su equilibrio psicológico y sacar provecho intelectual de lo que allí estaba pasando.
Sin embargo la madurez de Frankl encontró techo cuando se encontró acorralada en las semanas anteriores a su deportación. Él disponía de un visado que podría haber utilizado para huir a Estados Unidos junto a su mujer y el hijo que esperaban con total seguridad. Pero su padre no se encontraba en la misma situación. Frankl acuciado por este dilema que no conseguía resolver se dedicó a vagar esperando a recibir alguna clase de señal. Parecía como si esperase a que el destino le indicase la ruta adecuada dentro del callejón sin salida en el que se encontraba. Creyó verlo en un aparentemente inocente recordatorio de las leyes judías que hizo su padre cuando mencionó que el deber sagrado de un hijo es honrar a su padre. Esto decidió a Frankl a renunciar a usar el visado y a permanecer junto a su padre ya que éste que no estaba en condición de evadirse. Obviamente no se pueden colocar en una balanza las vidas de las personas, pero en el caso de la elección de Frankl pareció no haber arrepentimiento pese a las circunstancias. Frankl recuerda con alivio el que poco tiempo después pudo acompañar a su padre en el campo de concentración cuando éste se hallaba moribundo y así ofrecerle un último calmante que le aliviase los instantes anteriores a su muerte. Lógicamente Frankl se podía sentir satisfecho de haber cumplido con su deber de hijo ya que había renunciado a una escapada fácil para acabar internado en un campo de concentración junto a su padre con la única esperanza de serle allí de alguna mínima ayuda.
Lo que resulta llamativo es que Frankl nunca se arrepienta de esta decisión porque el haberla tomado supuso la muerte en otro campo de concentración de las dos personas (su mujer y su hijo no nacido) que estaban bajo su responsabilidad y que se hubiesen salvado si hubiese tomado la determinación de aprovechar el visado. Parece pues que más que un balance racional fuese una voz interior la que, a modo del daimon socrático, decidiese la elección de Frankl.
La peculiaridad de la experiencia de Frankl no se queda en esta primera elección. También se repite entre el motivo pretendido conscientemente con el libro y lo que realmente escribió en él. Si la intención original es obtener conclusiones en el ámbito psicológico de lo que allí sucedió, el resultado terminó siendo una especie de diario de la época que pasó en Auschwitz en el que predomina el tono descriptivo y, por su ausencia, resultan llamativas las escasas conclusiones teóricas. Tan sólo el apéndice final del libro busca teorizar sobre la actitud vital que se puede mantener después de una experiencia como la del internamiento. El libro, en sí, no es más que una descripción con escasas explicaciones de lo que allí sucedió. Por supuesto no pretendo restarle valor a un libro magnífico como es éste, simplemente resaltar la diferencia entre la intención inicial y la conclusión final. Se podría decir que el tono descriptivo de libro responde a una necesidad que me atrevería a calificar de “periodística”. Es decir, la de relatar lo más fielmente posible lo que allí sucedió para evitar que todo lo pasado quedase en el olvido. Precisamente aquí estaría un elemento común con los relatos de otras víctimas de la violencia. Es así como se podría encontrar un paralelismo entre el tono descriptivo de Frankl y el de, por ejemplo, Ana Frank.
Frankl hace especial mención a las crueldades del campo de concentración. Se plantea, y recuerda que todo el mundo se tuvo que haber reflexionado en algún momento, el cómo podía ser posible que el ser humano pudiese llegar a semejantes límites de maldad hacia sus semejantes. Pese a haber enfatizado tanto la pregunta, sorprendentemente, Frankl no hace mayores esfuerzos por explicar este suceso (capítulo: “Psicología de los guardias del campamento”). Ni desde el pretendido ámbito psicológico, ni desde ninguna otra perspectiva. Cuando más adelante, hacia el final del libro, se decide a buscar alguna explicación al mencionar el caso del Dr. J. opta por una resolución de lo más absurda porque intenta asumir que este hombre podía ser un asesino al tiempo que una persona afable y cordial basándose en "lo impredecible" del ser humano. Simplemente con observar lo que pasó en las dictaduras del cono sur se puede ver que un comportamiento así es muy frecuente en situaciones de esta clase. En este último contexto los torturadores sudamericanos eran encantadores padres de familia al tiempo que masacraban a sus víctimas.
Otra circunstancia que vicia las ideas que saca Frankl de esta experiencia es, paradójicamente, su optimismo. Si una actitud optimista resulta importante en la vida, se hace decisiva si alguien va a terminar internado en Auschwitz. En cuanto a esto se podría pensar que el carácter maduro de Frankl se hallaba robustecido también en este aspecto. Esta visión optimista es la que le llevó a usar el particular método terapéutico que ejercía con sus pacientes y que tenía uno de sus pilares en la confrontación con la pregunta “¿por qué no se suicida usted?”. Frankl opinaba que toda persona podría encontrar un sentido a su existencia si comprendía que era necesario para algo o para alguien. Podía ser el libro que aún no había escrito, el hijo que lo necesitaba, etc… Lo importante era subrayar que nadie se encontraba aislado de sus semejantes ni de sí mismo. Es entonces cuando la frase de Nietzsche que menciona el propio Frankl en el libro, “El que tiene un por qué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”, cobra su significado máximo porque con Frankl hallar un sentido, una explicación, resulta un pilar básico para que el individuo encuentre un camino que le lleve a su recuperación. Sin embargo es aquí cuando su optimismo le lleva siempre a encontrar una motivación para cada persona, incluso aunque el paciente se niegue a darla como válida. Aparte de lo cuestionable de estos fundamentos últimos se podría aludir a Schopenhauer, autor citado por Frankl en el libro aunque en otros términos. Frankl no sería más que un servidor de la Voluntad. Puede encontrar conexiones que, desde un punto de vista psicoterapéutico, ofrezca un cierto sentido a un paciente suyo. Pero esos vínculos carecen de un significado último que los fundamente. Se podría decir que, en última instancia, el sentido de la vida se comprende al vivirla. Pero una afirmación así deja muchos vacíos que el sistema de Frankl no puede superar desde un punto de vista filosófico, aunque seguramente el método sea muy válido para pacientes comunes desde un punto de vista psicoterapéutico. Filosóficamente, sin embargo, no llega a solventar problemas como el de la libertad personal que son básicos para su perspectiva en la logoterapia.
Lo llamativo de la experiencia de Frankl es que se encontró en unas circunstancias casi únicas. Es verdad que en la historia de la humanidad se han dado toda clase de crueldades del ser humano con sus semejantes pero el nazismo supuso una nueva inflexión hacia una dimensión desconocida, la del mal radical. Fue en Auschwitz cuando Dios se mantuvo en silencio, fue a partir de Auschwitz cuando se comprendió que no se podía pensar en los mismos términos con los que se había reflexionado con anterioridad. Es por esto que Adorno acaba diciendo el “¿Cómo filosofar después de Auschwitz? Bajo estas circunstancias extremas fue como Frankl pudo comprobar unos nuevos límites a los que podía llegar la existencia humana. Ciertamente se podría decir que son unos límites muy tristes, pero también es verdad que ofrecieron nuevos indicios de cómo está constituida la naturaleza humana.

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